Es mi rostro: el pobre Fiesta de Cristo Rey

Cristo nos presenta claramente los criterios sobre los cuales se nos juzgará en el momento final y decisivo para saber si somos fieles su Evangelio.

Lo comenzó como un juego y casi por llevarles la contraria a sus compañeros que se lo lanzaron como un reto: “Vamos a unirnos a los que visitan a los vagabundos y les dan de comer, así hasta alcanzamos una torta gratis”. Con ocasión de “La Jornada Mundial de los Pobres” se intensificó la campaña y más personas se unieron, hubo un poco más de despensa… Nunca imaginó lo que le esperaba: “Descubrir el rostro de Jesús en el pobre”. Católico, pero más indiferente que comprometido, golpeó fuertemente su interior la miseria y el abandono de tantas personas en las esquinas, en la calle y pensar que pudiera ser él o alguno de sus hermanos.…  Escuchaba continuamente la consigna: “Mirar a Cristo en el necesitado”, y después nos confirma: “Aunque lo había escuchado, nunca había intentado experimentar compartir mi bocado con alguien tan pobre, pensando que era Cristo”. Qué reales resultan las palabras del Papa: “Compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda”.

 

El Papa quiso que esta Jornada se celebrara como un preludio a la fiesta de Cristo Rey y así hoy no llega fuerte y cuestionador el Evangelio. Siendo el último domingo del año litúrgico, se le ha querido dar el sentido de plenitud, coronarlo con lo más importante y central de toda la enseñanza de Jesús, como el querer alcanzar una meta. Por eso se culmina con esta bella fiesta de Cristo Rey que precisa y destaca qué es lo más importante del Evangelio. Varias veces se le preguntó a Jesús cuál era el más importante de los mandamientos, y Él respondía con sus palabras y con sus hechos. Ahora en una descripción del juicio final, viene a señalar que todos los demás mandamientos no tendrán ningún fundamento si no se descubre el amor a los más pequeños e insignificantes. Tan grande es este mandamiento que Jesús no duda en identificarse y señalar que el amor o desprecio que se ha tenido con ellos, con Él mismo se ha tenido. La extrañeza y desconcierto de quienes han sido juzgados favorablemente o de quienes han sido condenados, puede darnos una idea de lo difícil que puede llegar a ser cumplir este mandamiento en aquel tiempo pero sobre todo en nuestro mundo actual.

Desconcertante la figura que hoy nos presenta el mismo Jesús en la visión final: el Juez se confunde continuamente con el pastor. Imponente la figura del Hijo del Hombre que empieza a separar a las ovejas de los cabritos. Lo primero que nos enseña es que es un juez y un rey muy diferente. Muy diferente a todos los reyes, jefes, actuales y pasados. Nos trae a la memoria las graves acusaciones que hacía Ezequiel en contra de los malos pastores que trasquilaban las ovejas, que las tragaban y maltrataban cuando estaban puestos para cuidarlas. Acusación grave y actual, donde se asume el poder para el propio beneficio y, amparado en las estructuras económicas, se olvida del bienestar de las mayorías. Por eso, en la primera lectura, contrapone Ezequiel  a esos malos pastores, el amor inconmensurable de un pastor que entrega su vida y sus cuidados a la oveja herida y débil. Pero también es muy claro su papel de acusación porque “yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”

Muchas veces nos inquietamos si estamos viviendo conforme a la propuesta de Jesús y quisiéramos tener certezas. Para que no nos quedemos en ambigüedades, Cristo nos presenta claramente los criterios sobre los cuales se nos juzgará en el momento final y decisivo para saber si somos fieles su Evangelio. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse. La página de este día no es una simple invitación a la caridad, ni siquiera un reconocimiento de las obras de misericordia; es el elemento fundamental con el cual comprueba la Iglesia  su fidelidad como Esposa de Cristo. Si nos atenemos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial de Jesús, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. ¿Cómo la estamos cumpliendo?

Quisiéramos que con un rezo, con una limosna de vez en cuando o con alguna obra piadosa pudiéramos tranquilizar nuestra conciencia. Cristo hoy nos habla de plenitud, de entrega cabal, de descubrimiento total de su persona. A veces nos hacemos ilusiones que con una misa o un rezo estaremos cumpliendo fielmente el Evangelio, pero es que la Eucaristía es señal del Banquete Celestial y si no se tiene el compromiso con los hermanos quedará hueca y vana, no hará hermandad, no tendrá su sentido pleno. Por eso el Papa Juan Pablo II afirmaba: “Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos; en las enfermedades que flagelan a los países en desarrollo; en la soledad de los ancianos; la desazón de los parados; el trasiego de los emigrantes. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas”

Si iniciábamos el año litúrgico, descubriendo a Cristo Niño, encarnado por nosotros, al llegar su final se nos exige descubrir el rostro de Jesús, en cada pobre y necesitado. Es el último domingo del año litúrgico, pero se nos invita a pensar en el día final. Ahora tenemos que revisar muy bien nuestras vidas, si tienen el sentido que Jesús nos pide para ser verdaderamente sus discípulos. ¿Lo reconocemos en los hermanos? ¿Miramos su rostro en el rostro cansado y sin ilusión de los pobres? ¿Lo atendemos en las interminables filas de menesterosos que se mueven a nuestro lado? ¿Somos capaces de reconocer el rostro de Jesús en los más pequeños? Si no, estaremos errando nuestro discipulado y seguimiento de Jesús. No basta gritar ¡Viva, Cristo Rey! Tenemos que reconocerlo en donde Él nos dice que está más presente: en el pobre.

 

Padre bueno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, y nos has dejado en los pobres una presencia suya, haz que toda creatura, liberada de la esclavitud, sirva a tu majestad y te alabe eternamente.  Amén

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